jueves, 13 de noviembre de 2014
Bailame el agua.- Poema
Báilame el agua, húntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto.Sácame de quicio. Hazme sufrir. Ponme a secar como un trapo mojado. Lléname de vida. Líbrame de mi estigma. Llámame tonto. Olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora. No me arrastres. No me asustes. Vete lejos pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo. Toca mis ojos. Nota la textura del calor. ¿Por cuanto te vendes? Píllate los dedos. Deja que te invite a un café, caliente claro, y sin azúcar, sin aliento.
martes, 11 de noviembre de 2014
La luz de Candela.- Mónica Carrillo
2.
Qué sensación esta. Me despierto con un revuelo de mariposas, pienso en ti, sonrío sin motivo, no dejo de hacer planes. Mi cabeza centrifugando todo el día. Qué estarás haciendo, me llamarás, vendrás por sorpresa, pensarás en mí del mismo modo en que lo hago yo. Mil dudas que solo hacen aumentar mi inquietud.
La luz de Candela.- Mónica Carrillo
1.
A veces la vida me viene grande. O quizá sea yo la que se vuelve pequeña ante tantas cosas que no entiendo. No lo sé. Tampoco sé por qué te quise tanto, por qué te sigo queriendo. Ni por qué me cuesta tanto olvidarte. No entiendo que puedas pasar sin mí, sin mis besos. Nadie me ha besado como tú, me decías. Y, sin embargo, prefieres no besarme. O quizá te meres de ganas y no te atreves a reconocerlo. Es eso. Tiene que ser eso. Ha pasado tanto tiempo que no te atreves a acercarte por miedo a que esté con alguien, a que te diga que no, que ya no te quiero.
Semáforo en rojo.- segunda parte
De repente, ella gritó entre sollozos que se callara, que no
quería seguir discutiendo. Se secó las lágrimas y sacó de su bolso azul su
estuche de maquillaje. Él la miró con los ojos llenos de rabia por no haber
dado él el golpe de estado que declaraba la última palabra, pero cuando vio
aquel neceser, bajo la mirada, y la última lágrima de furia, se transformó en
tristeza.
Recordó cada vez que ella entre risas se pintaba los labios
de rosa pálido y acto seguido le besaba en la frente para “que todas sepan que
eres mío”. Ese recuerdo le llevo al primer aniversario.
Al despertarse ese lunes, se encontró una marca de un beso
con ese pintalabios rosa en su mesilla, otra en el suelo de parqué, otra en el
marco de la puerta, y finalmente, un texto escrito en el espejo del baño:
“Buenos días mi rey; felicidades! Un año juntos compartiendo lo bueno y lo no
tan bueno, aguantándonos el uno al otro, comprendiéndonos, pero sobretodo,
amándonos siempre, besándonos siempre y sonriendo siempre al otro. Gracias.
Siempre tuya, Lorena”. Otra lágrima de tristeza se escurre por esas ojeras
marcadas por las largas noches en vela, intentando darle la espalda a los
problemas, pero sobretodo, dándole la espalda a ella.
Frena. Un peatón cruz corriendo pidiéndoles perdón con la
mano. Ella baja la mirada. Cuanto tiempo llevará sin pedirle perdón. Y
recuerda. Cuando cada discusión, era solucionada con un perdón; cuando corría a
sus brazos sollozando y diciendo que era estúpida. Y recuerda, su primera
discusión.
Dos jóvenes de 19 años discutiendo, gritándose como si el
fin del mundo se acercase y uno de ellos tuviese la culpa. Toda la tragedia se
originó porque Raúl la había visto hablando con un chico y ella no le contó
quién era. El chico era su hermano Alejandro, aún desconocido para Raúl. Se
echaron en cara todo un mes de reproches, que aunque no fuesen muchos, sirvió
para que los dos dejaran de hablarse durante 3 días. Ese tercer día, Raúl se
presentó en casa de Lorena con una cartulina donde ponía “PERDÓNAME POR SER TAN INSOPORTABLE”. Lorena rompió a llorar de la risa y se besaron, mientras se pedían
perdón. Los celos y Raúl. Cuantas y cuantas discusiones habían sido originadas
por esos demonios que lo perseguían.
Pulsa un botón. Un cd empieza a cargarse en el estéreo del
coche. Los dos saben que canción sonará la primera. Y los dos tienden la mano a
pulsar el numero 2 pero no llegan a tiempo. El destino es más rápido y hace que
se cuelen los dos primeros acordes entre sus dedos. Los dos detienen el
movimiento y vuelven a su posición de defensa. Recuerdan. Raúl recuerda.
Los tirabuzones de su pelo al moverse al ritmo de esas
notas, eran la octava maravilla del mundo. Su risa era la melodía más
cautivadora del universo. Y bailaba. Y le sacaba a bailar. Y él se hacía de
rogar para poder contemplarla un rato más. Ahora nadie ruega.
Lorena recuerda. Como la miraba; parecía que se iban a
fundir en cualquier momento del deseo. Ella se movía para que él la mirase. Y
él lo hacía encantado. Sus ojos ardientes eran la droga que la hacía extasiarse
con esa canción. Ahora no hay fuego.
Vuelve a frenar. Semáforo en rojo. Se miran. Recuerdan.
El primer día que llegaron a Madrid, llegaron a pararse en
10 semáforos en rojo. Y en cada semáforo se comían a besos. Los coches los
pitaban cuando no se daban cuenta que había cambiado de color. Y ellos se reían
como locos, esperando impacientes el siguiente semáforo. Fue como una promesa
sellada en silencio, con el silencio de los besos, con ese hermoso silencio de
caricias y amor.
¿Hace cuánto dejaron esa promesa olvidada? ¿Hace cuánto
Lorena había guardado esa promesa joven en la caja de zapatos? ¿Hace cuánto
Raúl había olvidado esa promesa?
Bajan la mirada. Verde. Se perdió la oportunidad. Se les
escapó el tiempo.
Semáforo en rojo.- Primera parte
Era imposible contener las lágrimas. La impotencia de los
dos era tan grande que las ventanillas de aquel Opel Corsa parecía que se
abombaban. Ya no se entendían. Ella quería consumir su juventud; él ya quería tranquilidad.
Ella guardaba en una caja de zapatos todos los sueños que no se habían
cumplido; él se conformaba con olvidarlos. Ella despertaba cada mañana con una
canción en la cabeza; él, sin embargo, ponía en la radio las noticias.
¿Dónde quedaron aquellas miradas tímidas? ¿Aquellos besos
robados? ¿Dónde había quedado la magia y el deseo?
Y allí estaban, gritándose, llorando por no saber la
solución, mientras avanzaban entre la densa
circulación de la calle madrileña
de Tirso de Molina.
Hace años, ese recorrido lo hacían con ilusión, con los bolsillos
llenos de ganas, con los ojos llenos de amor, con las bocas llenas de sonrisas,
y de besos… besos que ya sabían amargos.
Habían llegado a Madrid a cumplir sueños. Soñaban con vivir,
con descubrir, con descubrirse, prometiendo que siempre estarían juntos.
Soñaban juntos, y vivir juntos había sido su mejor aventura.
Desde entonces,
habían cambiado muchas cosas; quizás todas, menos aquel coche.
Aquel coche donde hoy se gritaban, había sido su alfombra
mágica, su nube de algodón dulce. La tapicería había sido su ropa, su abrigo y
su justiciero. Cada kilómetro de ese coche, era una historia.
lunes, 10 de noviembre de 2014
El tiempo entre costuras
"El destino es la suma de las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida; incluso las decisiones que un día nos parecieron insignificantes...".- Sira, 'El tiempo entre costuras'
domingo, 9 de noviembre de 2014
Cruce de tres vidas
Quizás no fuese el
momento, ni las ganas, ni, tal vez, la solución… Tras las largas esperas, las
sonrisas a medias, el pintauñas deshecho, los largos tragos; no era el momento,
no había ganas, no era la solución…
Ninguno de los presentes
dijo nada, todos asistieron al funeral de sentimientos, al entierro de
esperanzas. Ninguno fue capaz de mirar a los ojos a su compañero de enfrente.
Uno tragó el humo de su cigarro que empezaba a quemarle los dedos; otro
simplemente se apartó el pelo de los ojos. Un tercero chasqueó la lengua.
Todos tenían la mirada
vacía, una mirada cargada de dudas, de culpabilidad. Pero ninguno de los presentes dijo nada. No era el
momento, ni las ganas, ni, tal vez, la solución…
El momento ya había sido,
ya había estado allí, y ninguno había estado presente. Las ganas se las había
llevado el momento con su visita. Y la solución estaba por llegar, pero tampoco
estarían presentes.
Uno de ellos decidió
salir por la puerta; una puerta que nunca más se volvería a abrir. Aun así, de
vez en cuando, por el hueco de la cerradura entraban pequeños destellos del
pasado.
Otro de ellos, escapó por
la ventana; una ventana que siempre estaría abierta, que alimentaría las
esperanzas futuras del único individuo que se quedó en la sala, presente.
Este, sentado en una silla
de mimbre, esperó algo que nunca llegó. Y en el último suspiro, se dio cuenta; El
momento siempre había estado mirándole desde el espejo, desafiante aunque
silencioso; diciéndole “eres tú el que ahí sentado, está dejando escapar el
momento”.
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